EL EXPOLIO HISTÓRICO DE EEUU Y EL RELATO DE LA DEMOCRACIA

En la madrugada del 3 de enero de 2026, Estados Unidos llevó a cabo una serie de bombardeos sobre puntos estratégicos de Caracas, capital de Venezuela. Centros militares, aeropuertos y otras localizaciones en Miranda, Aragua y Nueva Esparta también fueron atacados.

Este episodio, interpretado por muchos como una nueva aplicación de la Doctrina Monroe, reabre el debate sobre el papel histórico de Estados Unidos en la Hispanidad y su constante intervención en el hemisferio occidental.

Lejos del discurso oficial basado en la democracia o los derechos humanos, este tipo de acciones se enmarcan, según una visión crítica, en una lógica de intereses económicos y geopolíticos, especialmente ligados al control de recursos estratégicos y a la preservación de una esfera de influencia cada vez más limitada.

El expolio como base del poder estadounidense

A lo largo de su historia, Estados Unidos ha construido buena parte de su poder mediante apropiaciones territoriales y económicas que beneficiaron exclusivamente a sus intereses nacionales.
Ejemplos paradigmáticos son el oro de California o el petróleo de Texas, recursos fundamentales para su expansión económica y militar.

Este pillaje institucionalizado, ejecutado y legitimado desde el propio Estado, no se presenta como tal ante la opinión pública internacional. Por el contrario, se reviste de un relato cuidadosamente elaborado en el que Estados Unidos aparece como el garante del orden mundial y el defensor universal de la democracia.

El problema no es solo el expolio en sí, sino la capacidad de imponer un relato que transforma el saqueo en virtud y la agresión en altruismo.


Doctrina Monroe y continuidad histórica

La intervención en Venezuela no puede analizarse como un hecho aislado. Forma parte de una continuidad histórica que incluye episodios como Panamá en 1989, donde la acción militar se justificó bajo argumentos morales mientras respondía a intereses estratégicos muy concretos.

La Doctrina Monroe, lejos de ser un vestigio del pasado, sigue funcionando como un principio rector de la política exterior estadounidense en Iberoamérica. Bajo su paraguas, cualquier país que escape a su control es considerado un problema a neutralizar.

Soberanía, no ideología

Aunque el discurso dominante intenta reducir estos conflictos a una cuestión ideológica, el fondo del problema es otro: la soberanía nacional.

Un ejemplo histórico esclarecedor es el del escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn, anticomunista declarado, que durante la invasión alemana de la Unión Soviética antepuso la defensa de su patria a cualquier discrepancia ideológica.

La Alemania nazi justificó su invasión como una cruzada contra el comunismo, cuando en realidad perseguía el petróleo del Cáucaso, el Mar Caspio y el grano de Ucrania. No se trataba de liberar pueblos, sino de depredar recursos. La lógica es idéntica.

La Hispanidad como comunidad de destino

El ataque militar a una nación hispana no es solo un problema local. Es un ataque a la soberanía de todo el mundo hispano, más allá de simpatías políticas, fobias ideológicas o críticas legítimas a gobiernos concretos, como el de Nicolás Maduro.

Mientras la Hispanidad permanezca fragmentada, seguirá siendo una presa fácil. La unidad, entendida no como uniformidad política sino como conciencia histórica y solidaridad soberana, es la única vía para frenar este tipo de intervenciones.

Conclusión

Estados Unidos ha perfeccionado una estrategia histórica basada en el expolio, la intervención y la manipulación del relato. Cambian los discursos, pero no los objetivos.

Presentarse como defensores de la democracia mientras se saquean recursos ajenos es una contradicción difícil de sostener, por mucho poder mediático que se posea.

Creer que el Tío Sam actúa movido por principios morales es tan ingenuo como confundir al pirata Barbarroja con San Francisco de Asís. La historia demuestra que detrás del discurso siempre hay intereses, y que solo la unidad y la conciencia soberana pueden ponerles freno.

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